Rituales de fin de año que no sirven para una mierda
El final del año es un accidente administrativo al que se le ha concedido un peso simbólico desproporcionado. El calendario se mueve, pero el tiempo interno no obedece a esa aritmética, y aun así se insiste en forzar una correspondencia: si el año termina, algo debe terminar con él; si empieza otro, algo debe empezar también. Ese algo suele adoptar la forma de un gesto ritual. Se escribe, se quema, se enuncia. Se representa una clausura que no ha ocurrido y una apertura que aún no existe, no por ignorancia, sino por cansancio: el cansancio de arrastrar procesos largos sin hitos visibles, de no saber cuándo algo cambia de verdad. El ritual aparece entonces como sustituto del acontecimiento, no operando sobre la estructura sino sobre la percepción. Alivia la tensión que produce la continuidad y permite decir “ya está” cuando nada está; permite fingir dirección cuando solo hay inercia. En ese sentido, la mayoría de rituales de fin de año no son mágicos ni inútiles: funcionan com...