Rituales de fin de año que no sirven para una mierda

 

Escena invernal simbólica en estilo Art Nouveau con mujer frente al fuego, representando la crítica a los rituales de fin de año y al falso cierre de ciclos.

El final del año es un accidente administrativo al que se le ha concedido un peso simbólico desproporcionado. El calendario se mueve, pero el tiempo interno no obedece a esa aritmética, y aun así se insiste en forzar una correspondencia: si el año termina, algo debe terminar con él; si empieza otro, algo debe empezar también. Ese algo suele adoptar la forma de un gesto ritual.

Se escribe, se quema, se enuncia. Se representa una clausura que no ha ocurrido y una apertura que aún no existe, no por ignorancia, sino por cansancio: el cansancio de arrastrar procesos largos sin hitos visibles, de no saber cuándo algo cambia de verdad. El ritual aparece entonces como sustituto del acontecimiento, no operando sobre la estructura sino sobre la percepción. Alivia la tensión que produce la continuidad y permite decir “ya está” cuando nada está; permite fingir dirección cuando solo hay inercia. En ese sentido, la mayoría de rituales de fin de año no son mágicos ni inútiles: funcionan como sedantes simbólicos. Y funcionan bien, que es precisamente la razón por la que se repiten.

El problema no es moral, sino técnico. La magia —cuando no se reduce a escenografía— no trabaja con gestos que tranquilizan, sino con acciones que redistribuyen fuerzas, y redistribuir fuerzas implica coste, fricción y pérdida de control. Nada de eso está presente en un ritual diseñado para ser amable, breve y compatible con una celebración. Por eso fracasa, no porque esté mal hecho, sino porque está mal situado: se le pide que cierre lo que no se ha atravesado, que limpie lo que no se ha tocado y que inaugure lo que no tiene base corporal ni temporal para sostenerse.

El tiempo simbólico no funciona por borrado, sino por sedimentación. Todo lo que no se trabaja se acumula; todo lo que se declara resuelto sin haberlo sido reaparece más tarde, más compacto, más resistente, a veces irreconocible. El ritual no lo elimina: lo aplaza. Hay una violencia discreta en esta insistencia contemporánea por empezar de cero, una negación de la persistencia y una alergia a aceptar que hay procesos que no se cierran con elegancia, ni con fechas, ni con fuego, sino que simplemente continúan, aunque incomoden y aunque no encajen en el relato tranquilizador del “nuevo ciclo”.

Las tradiciones que comprendían el tiempo de forma menos ansiosa lo sabían bien. El invierno no era momento de acción simbólica exuberante, sino de repliegue, latencia y observación silenciosa de lo que seguía ahí pese al paso del tiempo. Había fases en las que no se hacía nada, y ese no-hacer no era negligencia, sino precisión. Hoy esa idea resulta casi intolerable porque no produce sensación de avance, no genera relato y no se puede compartir sin parecer derrotista. Por eso se la sustituye por gestos, por rituales que permiten sentirse en movimiento sin moverse realmente.

Se repiten porque amortiguan, pero no transforman. Transformar implicaría aceptar que el cambio no coincide con el calendario, que no todo se renueva, que hay restos que se cargan durante años y que la magia, cuando es real, no embellece el tránsito ni lo hace llevadero. A veces solo lo vuelve consciente, y eso no se quema: eso se sostiene.



Academia Arcane Domus
La magia no marca comienzos. Marca umbrales.

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