Lo que una vieja aprendió removiendo la olla
Durante años pensé que aquello no tenía nada de mágico. Era cocina. Era hambre. Era invierno. Luego entendí que eso era exactamente la práctica.
Cuando una olla hierve despacio, te obliga a quedarte. No admite atajos ni multitarea. Si la abandonas, castiga. Si la atiendes con paciencia, sostiene. La magia antigua no pedía intención elevada: pedía presencia. El cuerpo ahí. La mirada ahí. La mano siguiendo el ritmo que marca la materia.
Nunca hice rituales complicados. Hacía comida suficiente para que no faltara. Ajustaba el fuego. Probaba. Esperaba. En ese esperar se va templando algo que no tiene nombre, pero se nota cuando falta. Las casas se desordenan cuando nadie sabe sostener ese tiempo intermedio entre el crudo y el quemado.
Las brujas viejas sabemos que el error no está en no saber hacer, sino en no saber cuándo parar. La cuchara no se mueve para lucirse, se mueve para que no se pegue el fondo. El fondo importa. Siempre importa. Lo que no se ve es lo primero que se quema.
A la gente le gusta hablar de ingredientes secretos. Yo nunca los tuve. Tenía tesón. La misma olla, el mismo gesto, el mismo cuidado día tras día. Eso crea una estabilidad que no se rompe con facilidad. No es vistosa, pero aguanta inviernos largos.
Por eso desconfío de las magias que prometen cambios rápidos. La transformación real es lenta y huele a cocina cerrada. Se reconoce porque no hace ruido. Porque cuando llega el momento difícil, hay algo caliente esperando.