CUANDO LA FANTASÍA TENÍA COSTE! LA HISTORIA INTERMINABLE
La advertencia que casi nadie supo leer en La historia interminable
Cuando leí La historia interminable de niña, el libro estaba impreso a dos colores. No lo recuerdo como una curiosidad editorial ni como un juego estético. Lo recuerdo como una señal. El cambio de tinta no embellecía el texto: lo volvía más grave. Algo se cerraba cuando el color mutaba. Algo dejaba de ser reversible, aunque entonces no supiera explicarlo con palabras.
Años después comprendí que Michael Ende no separó dos mundos, ni siquiera dos planos narrativos. Separó dos regímenes de implicación. El verde no representa “la realidad” ni el rojo “la fantasía” en el sentido infantil que se repite hasta el cansancio. El verde marca un estado de lectura sin carga: el símbolo todavía es objeto, puede contemplarse sin consecuencias. El rojo aparece cuando esa distancia se rompe y el símbolo empieza a operar. No intensifica la imaginación; activa el coste. A partir de ahí, cada gesto deja rastro y cada deseo entra en contabilidad.
Por eso la Nada no avanza porque la imaginación falte. Avanza porque el símbolo se usa sin ser habitado. Fantasía no muere por abandono, sino por consumo. Ende entendió con una lucidez incómoda algo que la cultura contemporánea se esfuerza en negar: el peligro moderno no es el desencanto, sino la explotación emocional del mito. Cuando lo simbólico se reduce a experiencia, a bienestar, a relato tranquilizador, deja residuos. Ese residuo es la Nada.
La lectura edulcorada insiste en que La historia interminable habla del poder de imaginar. Es una lectura falsa. El libro habla del fracaso del sujeto cuando accede al símbolo sin estatuto interno. Bastián entra en Fantasía sin haber perdido nada antes. No hay tránsito, no hay quiebre, no hay vaciamiento previo que lo vuelva capaz de sostener lo que toca. Se le entrega el Auryn no como premio, sino como prueba de carga. Y ahí comienza el verdadero horror del libro.
El Auryn no concede deseos: los cobra en identidad. Cada deseo cumplido no engrandece a Bastián; lo descentra. No porque desee “mal”, sino porque desea sin centro. El poder no lo corrompe: lo revela. Muestra, deseo tras deseo, que no hay un sí mismo lo bastante estable como para sostener lo que está ocurriendo. La pérdida de recuerdos no es castigo moral; es contabilidad ontológica. El símbolo no educa ni acompaña. Selecciona.
La lectura moral, cómoda, insiste en que Bastián se equivoca por pedir demasiado. La lectura seria es más cruel y más exacta: no está cualificado. Y esta idea resulta intolerable para una época que confunde querer con derecho, experiencia con legitimidad y acceso con merecimiento. La novela plantea algo que hoy casi nadie quiere escuchar: no todo el mundo está hecho para portar símbolo sin desintegrarse.
Atreyu, por eso mismo, resulta incómodo al lector moderno. No encarna el yo, no se afirma, no se expresa. Encierra función. Obedece a un orden que no le pertenece y sostiene una tarea que no gira en torno a su identidad. Fantasía solo se mantiene en pie mientras alguien acepta ese lugar. Por eso el lector cree ser Bastián y se impacienta con Atreyu: porque el mundo no se salva por deseo, sino por estructura.
Aquí el libro deja de ser literatura infantil y se convierte en diagnóstico cultural. Fantasía no es imaginación libre ni refugio emocional. Es un régimen ontológico con leyes propias, anteriores al humano. No todo el mundo puede entrar. No todo el que entra puede regresar. No todo acceso es legítimo. Ende escribió, sin explicitarlo, una advertencia feroz: el símbolo no está obligado a cuidar de quien lo toca.
El código de color entrenaba precisamente esa percepción. No explicaba nada; advertía. Enseñaba a distinguir entre mirar y cargar, entre leer y portar, entre observar un símbolo y quedar implicado en él. De niña, el cuerpo lector lo entendía antes que el lenguaje. El paso del verde al rojo se sentía como un umbral. Cruzar tenía consecuencias.
Que esta codificación se haya diluido con el tiempo no es casual. El rojo y el verde estorbaban porque delataban el precio. Mostraban que no todo es reversible, que no toda experiencia es inocua, que la fantasía no es un espacio terapéutico ni seguro por definición. La infantilización posterior del libro neutralizó esa advertencia. Se conservó la aventura. Se borró el coste.
Leída así, La historia interminable no habla de la pérdida de la imaginación, sino del desastre que ocurre cuando el símbolo se ofrece sin jerarquía, cuando el deseo ocupa el lugar de la estructura, cuando el poder simbólico se confunde con bienestar. El resultado no es creatividad ni plenitud, sino inflación, ruido y, finalmente, Nada.
Y sigue operando.
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