El alma no es un derecho: es una función
Durante siglos se asumió que el alma era una posesión universal, garantizada, idéntica para todos. Esa suposición no es antigua; es reciente. Nace de un deseo moderno de igualdad metafísica, no de la observación de cómo funcionan los sistemas simbólicos cuando se los toma en serio. El esoterismo clásico —cuando no estaba domesticado para consumo— nunca trató el alma como un derecho. La trató como una función.
Función significa algo incómodo: que puede activarse, desarrollarse, degradarse o no llegar a operar nunca. No es una esencia que se posea, sino una capacidad que se consolida —o no— bajo presión. Y esa presión no es moral ni sentimental. Es estructural. Exige pérdida, coherencia, continuidad interna. Exige tiempo, límite y coste.
Muchos seres humanos atraviesan la vida sin que esa función llegue a estabilizarse. No por maldad, ni por ignorancia, ni por falta de oportunidades. Simplemente porque no se dan las condiciones. El alma, entendida operativamente, aparece cuando el sujeto es capaz de sostener identidad bajo transformación real. Sin eso hay psiquismo, hay narrativa, hay emoción, incluso hay espiritualidad estética. Lo que no hay es operación.
Esto explica por qué el esoterismo contemporáneo produce tantos discursos y tan pocos efectos. La función ha sido sustituida por el relato. Se habla del alma para evitar medirla. Se la afirma para no someterla a prueba. El resultado es una inflación espiritual donde casi todo se nombra —alma, despertar, canalización, memoria— y casi nada se sostiene.
La noción de alma operativa no introduce jerarquías morales; introduce criterios técnicos. Un criterio técnico distingue entre lo que funciona y lo que no. No humilla ni condena: describe. Un instrumento que no soporta carga no es malo; es inadecuado para esa tarea. Un sujeto que no sostiene símbolo no es inferior; no está preparado. Confundir preparación con dignidad impide cualquier transmisión real.
En las tradiciones que no fingían, el alma funcionaba como un órgano. Y como todo órgano, requería ejercicio, disciplina y exposición gradual a condiciones exigentes. El error moderno ha sido sentimentalizar ese proceso y convertirlo en bienestar. El bienestar anestesia; la función se consolida bajo fricción sostenida, cuando el yo ya no logra maquillarse con palabras.
Por eso se observa un fenómeno tan frecuente como silenciado: algunas personas acceden a símbolos potentes y regresan transformadas; otras acceden y colapsan; la mayoría accede y no ocurre nada. El símbolo permanece intacto. Lo que falta es una estructura capaz de recibirlo. El símbolo amplifica lo que encuentra. Si encuentra cohesión, la vuelve forma. Si encuentra dispersión, la vuelve ruido.
Hablar de “tener alma” como si fuera una identidad es un error de base. El alma operativa se sostiene como carga. Se verifica en la capacidad de atravesar contradicción sin fragmentarse, de perder sin convertir la pérdida en espectáculo, de continuar cuando el relato se cae. Se reconoce en la sobriedad y en la continuidad del gesto cuando ya no hay aplauso posible.
Este es uno de los grandes tabúes espirituales porque desplaza la conversación del derecho al hecho, del deseo a la estructura, de la identidad a la función. Obliga a aceptar que el alma no es algo que se posee, sino algo que se mantiene bajo tensión. Y mantenerla no está al alcance de cualquiera. No por injusticia, sino por realidad.
El resto es ruido.
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