El punto de apoyo en los arcanos mayores del tarot

El punto de apoyo y la orientación corporal en los arcanos mayores del tarot


 En un sistema simbólico auténtico no existe el gesto neutro. Nada está “ahí porque sí”. La posición del cuerpo, la dirección de la mirada, la tensión de una rodilla o el apoyo de un pie no ilustran una escena: establecen relaciones internas. El tarot, leído con rigor, no es una colección de imágenes significantes, sino un organismo simbólico en el que cada figura participa de un equilibrio común. Y en todo organismo, la orientación importa.

Un cuerpo orientado no describe: toma posición.

Cuando se observa con atención la iconografía tradicional de los arcanos mayores —especialmente en los mazos antiguos— aparece un patrón que suele pasar desapercibido para la lectura apresurada: muchas figuras no se apoyan de manera simétrica. Una pierna sostiene, la otra se flexiona. Un pie pisa, el otro señala. Ese gesto, aparentemente menor, introduce una diferencia fundamental entre fundamento y dirección.

El cuerpo simbólico nunca reparte su peso al azar.

En El Emperador, el apoyo es firme. El cuerpo se ancla. La pierna adelantada no busca equilibrio, sino afirmación. El pie señala un punto que no se desplaza: territorio, ley, estructura. No hay suspensión ni duda. El poder del Emperador no circula: se fija. Gobierna porque pisa. Ordena porque su centro está plenamente encarnado en la forma. La rodilla flexionada no indica inestabilidad, sino dominio de la tensión. Aquí el cuerpo dice lo que la corona no necesita explicar: el fundamento está en el mundo, y el mundo se organiza desde ese punto.

El gesto es claro: el eje no se mueve.

En El Colgado, la lógica se invierte sin necesidad de subrayarlo. El cuerpo está suspendido, pero no caótico. Una pierna sostiene; la otra se pliega y apunta. Ese pie no pisa nada reconocible. No afirma suelo. No reclama territorio. Señala un punto que no pertenece al orden ordinario. El centro de gravedad ha sido desplazado deliberadamente. El Colgado no carece de apoyo: ha retirado su apoyo del plano visible.

Aquí el cuerpo no gobierna el mundo; se sustrae de él.

La pierna flexionada del Colgado no es pasividad ni castigo. Es bisagra. Marca un umbral entre dos regímenes de sentido. El gesto indica que la eficacia ya no depende de la acción directa, sino de una reorientación del eje. El poder no se ejerce: se suspende. No se pierde el centro; se lo deslocaliza.

Ambas figuras señalan un punto.

Pero no el mismo tipo de punto.

El Emperador señala el fundamento que fija.

El Colgado señala el fundamento que se retira.

Esta oposición no es anecdótica. Es estructural. Nos habla de dos modos radicalmente distintos de relación con el orden: uno que afirma la forma y otro que la vacía para permitir tránsito. Leídas juntas, estas cartas no “dicen cosas”; organizan un campo de tensiones. Una estabiliza. La otra abre. Una clausura. La otra desarticula sin destruir.

Aquí el tarot deja de ser relato y se revela como sistema.

Pensar el tarot como organismo simbólico no implica atribuirle voluntad ni conciencia propia. Implica reconocer que, como todo sistema vivo, responde a la disposición interna de sus partes. Una figura orientada hacia dentro no opera igual que una orientada hacia fuera. Una que pisa no cumple la misma función que una que señala. La lectura no surge de sumar significados, sino de observar cómo circula el sentido entre las figuras.

Este tipo de lectura no necesita inversiones. La inversión ya está contenida en el gesto. El Colgado no requiere ponerse “al revés” para indicar ruptura del eje: su cuerpo ya lo expresa. Del mismo modo, el Emperador no necesita afirmarse por contraste negativo: su estabilidad está inscrita en la postura.

La iconografía tradicional sabía algo que la lectura moderna suele olvidar: el símbolo habla primero con el cuerpo. El pensamiento viene después. Por eso reducir el tarot a palabras clave o estados emocionales empobrece su potencia. El símbolo no explica; orienta. Y orientar implica siempre una dirección, un apoyo y una renuncia.

Cuando se lee así, el tarot recupera su coherencia interna. No como suma de técnicas, sino como organismo articulado, donde cada carta modifica el equilibrio del conjunto según cómo se sitúa, hacia dónde mira y desde dónde se sostiene. No hay cartas mudas. Hay lectores que no miran.

El Emperador pisa.

El Colgado señala.

Entre ambos gestos se despliega una enseñanza que no necesita discurso:

todo sistema se mantiene por sus puntos de apoyo,

y toda transformación real exige saber cuándo retirarlos.


Bibliografía

Platón, La República, Libro VII.

Aristóteles, Metafísica, Libro Ζ.

Carl Gustav Jung, Los arquetipos y lo inconsciente colectivo.

C. G. Jung, Símbolos de transformación.

Mircea Eliade, Imágenes y símbolos.

Gilbert Durand, Las estructuras antropológicas del imaginario.

Erwin Panofsky, El significado en las artes visuales.



Valquiria 

Custodia del Símbolo 




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