El ciclo artúrico suele leerse como una épica caballeresca atravesada por ideales de honor, destino y caída. Sin embargo, bajo esa superficie moralizante se articula otra cosa mucho más antigua y menos confortable: una tecnología de poder donde el sexo no es romántico, ni expresivo, ni liberador, sino operativo . El cuerpo, en estas leyendas, no es refugio emocional; es campo de transmisión, captura y clausura . En ese sistema simbólico, la figura de Nimúe resulta especialmente incómoda. No porque sea oscura —no lo es—, ni porque actúe desde la violencia explícita —tampoco—, sino porque encarna una forma de magia sexual que no busca expandir el poder, sino concentrarlo y detenerlo . Nimúe no entra en escena como hechicera autónoma. Entra como aprendiz. Y ese dato es fundamental. Su acceso al saber no se produce por linaje, revelación divina o mérito moral, sino a través del vínculo íntimo con Merlín , depositario del conocimiento mágico y figura axial del orden artúrico. El...
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